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San Miguel, pipas y una litrona: así era hace unos años preámbulo de las noches mágicas en Cuenca

Hay recuerdos de nuestra juventud en Cuenca que no sabremos ubicarlos en un año en concreto, quizá ni en una década, pero que perviven en muchos de nosotros con una claridad que en la mayoría de los casos nunca se va a borrar. Os invitamos a que nos acompañéis recordando esa época no tan lejana en la que subir al casco antiguo por la tarde era la mejor aventura para pasar momentos inolvidables.


Y es en ese ejercicio de memoria donde muchos se acordarán de subir al casco antiguo a pasar la tarde con una bolsa de pipas y una litrona. No cogías ni el coche (porque a esa edad tu familia no se fiaba de ti y se contaban con los dedos de una mano quien disponía de uno), pero eso daba igual, enfilabas esas cuestas sin atisbo de fatiga y que ahora muy probablemente nos harían perder el aliento. Sí, placeres muy sencillos, pero que te llenaban de alegría cuando encauzabas la subida a la Plaza Mayor. Parabas en la antigua «Repos» y con poco dinero ya te agenciabas una gran bolsa de pipas y un litro de cerveza bien fresquita. El siguiente paso era encaminarte hasta la plaza de san Miguel (algunos iban a la de san Nicolás), punto neurálgico de las tardes y noches veraniegas, trasiego continuo de gente que buscaban como tú un hueco en esa escalinata con una de las mejores vistas de Cuenca.

Y uno se abría paso sobre las improvisadas gradas que formaba la gente ya sentada en las escaleras, apoyándote muchas veces en hombros y cabezas en ese hormiguero que se formaba para no perder el equilibrio y que por un traspié podía hacer que rodaras por el gentío hasta allí congregado.

En esta época actual de hiperconexión, resulta gracioso y entrañable rememorar aquellos años en que no hacía falta que quedaras con los amigos por teléfono (en esa época, ni qué decir tiene, no existían los móviles), pues uno sabía que los encontraría allí más tarde o más temprano, o te juntarías con otro grupo de conocidos con los que hacía tiempo que no te veías.

Cuando la noche comenzaba, y si las pipas y las cervezas no te habían quitado el hambre, era el momento de irse a por el bocata a alguno de los bares o mesones al lado del Ayuntamiento. Bocadillos como el de panceta o de lomo a la plancha lograban no solo reponer fuerzas, sino «doparte» para comenzar el copeo por bares como el Vaya Vaya o el Rothus. Como si un reloj interno marcara los tiempos, siempre sabías si era el momento de bajarte a «La Calle» a seguir con la jarana, volver a casa o permanecer en tan mágico lugar. Y era también esa música de los ochenta y los noventa sonando en los bares la que te daba la seguridad de que un verano mejor era imposible… aunque te regalaran un billete a un isla paradisíaca.

Para los que peináis canas ya, sabréis de lo que os hablamos y de ese punto de nostalgia que seguramente a vosotros también os transporte a unos años tan queridos como recordados y que no estaría mal empezar a revivir...

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